En la línea de secciones ya publicadas en el Blog del tipo
“Como hacer un corto y no morir en el intento”, o las anécdotas sobre como
“montar un cine de verano en la sierra”, quiero empezar a contar historias del
cotidiano, pero que por su rareza o peculiaridad nos pueden servir para pasar
un rato esbozando una sonrisilla.
A veces las historias de la vida diaria se pueden usar como
el argumento de una película.
Para comenzar voy a contar una historia que se podía
titular:
El perro, los vecinos, la
terraza y el pastel.
(No
esta basada en un hecho real, es pura realidad)